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M: Me
gustaría hablar con vos sobre el aporte que bailarines y maestros
podemos dar desde nuestra experiencia a quienes están aprendiendo.
CH:
Cada día que vamos a una milonga, a realizar una exhibición o un
espectáculo estamos haciendo historia con el tango, y eso es un
aporte. Se ha incorporado muchísima gente joven, vivimos el comienzo
de una era potente. El género está instalado y no hay manera que se
vuelva a esconder o marginar. Está en constante evolución.
M:
Pero a veces quienes están
empezando se pierden en la multiplicidad de opciones.
CH:
¡Están totalmente perdidos! Yo me formé con los últimos grandes
milongueros, tomé directamente de ellos la información. Quienes
empiezan a bailar no tienen esa experiencia, sino que aprenden de
una generación intermedia de la que formo parte, somos un nexo entre
esos viejos bailarines y los más jóvenes. El problema es que algo se
nos pasó en la enseñanza, me hago cargo absolutamente, y también
tendrían que tomar esa responsabilidad otros colegas. No pude
transmitir lo que aprendí. Estaba enloquecido por la creación,
porque vi una nueva veta de evolución en el movimiento. Me volqué
absolutamente a eso, y perdí el hilo para poder trasmitir lo
tanguero que tengo muy adentro. Por eso siento que actualmente hay
mucha gente que no entiende o no sabe cuál es realmente la esencia
de esta danza.
M: Hace quince años que estás bailando.
¿Qué cambios has observado en el devenir del baile?
CH:
Antes se trabajaba con precisión y una estética particular, de una
manera funcional y mecánica, que daba una forma, un estilo. Hacer un
movimiento o un paso implicaba una expresión de todo el cuerpo. En
la actualidad no sólo se perdió la esencia sino también el peso que
tiene esta danza, su densidad e importancia. Para mí este nuevo
tango le perdió un poco el respeto a lo que era el tango en sí.
M: Se perdió el conocimiento que nos
han traspasado los milongueros en forma intuitiva, un sabor
indescriptible en su manera de moverse.
CH:
Sí, yo tardé cinco meses en entrar a la pista de la milonga de
Almagro, no me animaba, iba todos los domingos sólo a mirar. Se
respiraba un aire de respeto que ahora no se encuentra. Quizás aún
lo siento en algunas milongas como “Glorias Argentinas”, “La Baldosa”
o en lugares que son lejanos al circuito de tango más joven. Esa
esencia también la tomé de vos y de bailarines de tu generación.
Siento que la gente de hoy está sin ganas, no quieren trabajar ni
investigar. No quieren ir al fondo de la situación, se quedan en lo
superficial. Esto también tiene que ver con los nuevos movimientos y
dinámicas que se utilizan, si no se logran con una cierta potencia
resultan fríos.
M: El discurso interno en el movimiento
es tan importante como la forma externa.
CH:
Hace diez años, cuando iba a las milongas, podía quedarme mirando a
una pareja bailar toda una vuelta en la pista porque había algo que
me atraía, me hacía mantener la mirada en ellos. Hoy no observo más
de veinte segundos porque son todas iguales. Ves una pareja circular
y la que viene atrás está haciendo lo mismo, y la de más atrás
también. No hay ninguna que me atraiga, que me emocione. Salvo si
voy a los pocos lugares tradicionales que quedan.
M: ¿Crees que la gente que baila
automáticamente o repitiendo fórmulas podría hacerlo de una manera
más interna?
CH:
¡Eso demanda un montón de cosas! Vos sabés, porque sos docente
también, que en la actualidad está disponible una pedagogía del
baile del tango mucho más decodificada que hace diez años, y por lo
tanto es más fácil aprender. Hoy se hace una volcada y una colgada y
es todo lo mismo porque están, comercialmente hablando, dentro del
mismo paquete. Entonces, entre hacer un sandwichito o hacer una
volcada… ¡la gente hace una volcada! Porque es más vistosa. Y en el
tango hay mucho egocentrismo e individualismo. No van a hacer un
sandwichito para disfrutar ese momento, sino aquello que los muestre
más y mejor. En el ámbito musical Ástor Piazzolla rompió con todo
pero vos lo escuchás y es tango. Y hoy en la danza muchos se piensan
que son Piazzolla y no lo son. Veo hombres y mujeres que sólo se
preocupan por cómo los ven de afuera. Es una situación bastante
complicada que tiene que ver con una personalidad y una
identificación muy porteña.
M: ¡Pero los milongueros de otras
épocas también eran porteños!
CH:
Sí, pero aquellos milongueros tenían respeto, delicadeza y
sensibilidad, era totalmente diferente. Sé que mi rol es
contradictorio, porque yo también colaboré en generar esta movida
joven. En su momento me cansé de los estrictos códigos milongueros
que no correspondían con mi tiempo y por rebeldía traté de hacer mi
camino. Hoy me volví más milonguero (risas), estoy en contra de la
gente que no cabecea, que no tiene códigos ni respeto. El baile del
tango tiene un valor que se disipó. Por eso sostengo que muchos
están perdidos, se agarran elementalmente para bailar y se mueven
dos horas como entes. Es muy triste.
M: A veces noto una puja entre las
nuevas corrientes que permiten movimientos más amplios, donde los
bailarines usan más espacio, y los que defienden el tango
tradicional con abrazo cerrado
CH:
Hay algo llamativo en eso. Están los tradicionalistas que defienden
las raíces a muerte y por otro lado los modernos o alternativos, es
decir, el tango nuevo. Pero si te ponés a pensar no hay nada en el
medio. Los tradicionalistas se quejan de los modernos sosteniendo
que no bailan tango sino que hacen gimnasia, y los modernos se
quejan de que los otros se quedaron en el tiempo. Pero no hay una
fusión, son un grupo en contra del otro, y me da tristeza porque en
realidad todos estamos en lo mismo.
M: ¿Tenés algún deseo en relación al
tango? ¿Alguna asignatura pendiente?
CH:
Voy a hacer un poco de historia. Fui rockero, tenía el pelo largo y
tocaba la batería. Odiaba el tango, no me gustaba para nada, no lo
podía escuchar. Pero, cuando fui a tomar una clase con Ricardo
Barrios y Victoria Vieyra, abracé por primera vez a una compañera y
me vino un escalofrío. Me dije “Acá pasa algo…” No pude parar más.
Ese momento mágico fue mi comienzo. Por otro lado, hace unos años
fui a la milonga de “La Trastienda” que organizaba Horacio Godoy.
Entré y te vi. Tenía ganas de bailar con vos pero dudé. Di un montón
de vueltas hasta que te invité. Me acuerdo que estábamos hablando,
luego nos acercamos y en el momento en que me abrazaste sentí que se
me vinieron cuarenta años de tango encima. En un abrazo ¿entendés?
¡No habíamos hecho un sólo paso! Simplemente fue la manera en que me
tomaste. Para mí ese fue el momento más fuerte de la tanda. Luego
bailamos un montón. Estuvo buenísimo, hicimos cualquier cosa, me
divertí mucho. Pero el momento de ese abrazo, como el de mi primera
clase y algunos otros, me marcaron en cuanto a mi relación con el
baile. Hablo de la intimidad del abrazo. Con muy poca gente pude
volverla a vivir, se perdió muchísimo. Mi deseo para el baile del
tango, entonces, es que se vuelva a esa intensidad compartida, muy
en el alma. No quedarse en lo superficial, sino ir hacia dentro. Que
el género evolucione a partir de esa intimidad. La esencia del tango
son el abrazo y el otro.
M: ¿Qué más puedo decir? ¡Gracias!
Improvisación
y música
M: Sos un gran improvisador y me
fascina verte crear. ¿Se pueden transmitir pautas para mejorar la
creatividad en la exhibición improvisada?
CH:
Quizás sea un ‘kamikaze’. Lo que me provoca sensación o emoción, me
hace mover. Cada tango es un momento diferente y fuerte. He diseñado
coreografías, no muchas, porque después de repetirlas algunas veces
no encuentro riesgo y, cuando no lo tengo, todo parece demasiado
fácil. Lo que me moviliza es estar en el borde, a punto de caer, y
zafar. Y la improvisación tiene eso. Cada vez que voy a bailar,
elijo la música y la cantidad de temas en el momento. Trato de
conectarme con Juana Sepúlveda, mi compañera, y de crear un momento
artístico, de transmisión o expresión, ahí mismo, en ese momento. No
lo preparo ni lo pienso. A veces me sale y otras no.
M: ¿No hay un prediseño o plan
establecido?
CH:
No, nunca lo hice. Por ahí hago algún paso que experimenté en la
milonga, que es mi lugar de práctica. Si no me sale sigo, no
insisto, porque puedo perder la conexión que tengo conmigo, con mi
compañera y con la gente. He bailado con orquestas de gran
prestigio, en teatros de todo el mundo, sin armar coreografía.
Dependiendo del caso quizás preparo la entrada y la salida, pero el
baile en sí, no.
M: A veces, cuando te veo bailar
pareciera que la estructura de tu danza estuviera pensada por su
armonía y musicalidad.
CH:
Tiene que ver con que fui músico muchos años, por eso entiendo su
estructura, ya sea Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Piazzolla o
tango electrónico. Lo único que preveo es la elección de tangos que
conozco bien, para poder jugar con momentos precisos. Intento dar
siempre lo que siento debería ir.
M: ¿¡Pero todo eso sucede en el
momento!? A veces hacés una secuencia que tiene cierta duración, que
está hecha de una manera tan justa con un determinado fraseo, donde
además de estar creando, estás llevando a tu compañera...
CH:
Conozco ese fraseo y sé cuánto dura, sé cuándo tiene que terminar, y
voy preparando el movimiento sobre la marcha, para que quede justo
con la música.
M: Entonces el valor de conocer la
estructura musical es importante.
CH:
Es básico. Muchos de los bailarines profesionales conocen los tangos
pero no en profundidad. Tendría que haber una investigación más
fuerte de lo musical. No me refiero a los ritmos, los fraseos o la
duración, sino a la estructura, los matices y los colores. Hay un
montón de riqueza para aprender en relación a la música. ¡Es
infinita!
M: Además, lo interesante es que la
interpretación musical no sea literal. Vos tenés una impronta y
mucha gente sigue tu forma de manejar la música, pero veo cierta
falta de comprensión. ¡No se trata de marcar todos los acentitos! (risas)
Lo maravilloso del baile del tango es la posibilidad de usar la
música de forma aleatoria y personal ¿En qué situación ves a la
nueva corriente en relación al baile de exhibición?
CH:
Hay un montón de profesionales que han captado esta nueva
información y quieren ponerla en sus coreografías. Pero es un
material que todavía no está afinado, necesita un tiempo de
maduración hasta que se afiance y se pueda usar como elemento de
expresión.
M: Se ven aún los pasos más que una
expresión fluida.
CH:
Creo que es cuestión de darle tiempo.
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